honor y luto nacional PeDrO InFaNtE

 

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Pedro Infante es un personaje propio de una época y de una circunstancia, en la que apenas se construía el país después de la lucha armada de la Revolución, y el nacionalismo estaba efervescente (promocionado al comienzo por el entonces presidente Lázaro Cárdenas, luego proseguido por Manuel Ávila Camacho); sin embargo, hoy sería impensable un personaje como el de Pedro Infante, pues hoy no tendría cabida, ni tampoco los medios para lograr sobrevivir, hoy que la televisión frivoliza todo, y todo es un gusto de la moda, en poco tiempo hubiera pasado al olvido.

La época política-social en la que vivió Infante, fue propicia para que ocurriera su personaje, pues todo le ayudó, hasta su propia tragedia, a que se convirtiera en una leyenda. Una de las escenas que inmortalizó a Pedro Infante, incluida en la trilogía melodramática urbana es aquella en la que Pepe el Toro tiene en brazos a su hijo muerto: lo imagina vivo y jugando —lo abraza en la realidad—; lo mira enredado en hilos de estambre, cerca de la guitarra y en la carpintería ahora calcinada al igual que Torito; luego Pepe el Toro ríe de las gracias de su hijo vivo, quien corresponde con sus risas de niño; luego la risa de alegría de Pepe se lanza hacia uno de los más desgarradores gritos de dolor y rompe en la más conmovedora escena que poco falta para que sea una realidad; en seguida la Chorreada se levanta de su camastro al escuchar el lamento y trata de ir hacia Pepe; se escucha el más grave lamento que alguien pueda tener:

Toritoooooooo!!!!! —grita Pepe el Toro con su hijo muerto en los brazos —y el público de la época, en la inmensa oscuridad de la sala de cine, abriendo el nudo en sus gargantas, rompe el llanto como si de cristales se tratara…

“Hablar de Nosotros los pobres sin caer en los lugares comunes —‘la película más taquillera del cine mexicano’, ‘el monumento fílmico de nuestra cultura popular’— es una empresa tan imposible como inútil. Cualquier aproximación a esta cinta tiene que tomar en cuenta el carácter extraordinario de su recepción por parte del público y el impacto a largo plazo que ha tenido, no sólo para la historia del cine mexicano, sino para la construcción de una identidad nacional a partir de la mitad del siglo veinte.” (Jorge Ayala Blanco en La aventura del cine mexicano, 1985).

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